miércoles 1 de abril de 2009

Murió un Hombre: Raúl Ricardo Alfonsín, ex presidente argentino

El presente texto
fue tomado del foro
exvagos.es, donde fue
posteado por jseditar.

Muchas gracias.


Puede parecer extraño que un cierto regocijo se mezcle con la tristeza por su muerte, que me ha hecho derramar más de una lágrima desde hace unas horas.
Tenía 82 años, venía sobrellevando una larga enfermedad y se fue en paz, rodeado de sus hijos, nietos y bisnietos.
Me regocija que se vaya con el cariño de todos, acordáramos o no con sus posiciones. Con el homenaje sincero de sus amigos y sus adversarios políticos. Reconocido en vida como el gran Hombre que fue, aunque su humildad haya querido evitarlo.

Puede parecer extraño que un "zurdo" hable tan bien de él.
Pero, más allá de las diferencias puntuales y de los errores políticos que tuvo, su persona es el paradigma de la restauración de la democracia en la Argentina.
Fue el primer presidente después de la caída de los milicos y siempre tuvo en el centro la idea de preservar las instituciones, cualquiera fuera el costo personal que debiera pagar por eso (que pagó muchos).
Llevó adelante, en un momento todavía muy difícil, el enjuiciamiento legal y condena de los responsables de la masacre genocida que había asolado nuestro país (fue el primer juicio contra ex dictadores militares en América Latina), llevando al conocimiento de todos las atrocidades que habían sucedido, a través del relevamiento realizado por la Comisión Nacional de Desapariciones de Personas (CONADEP), cuyo informe final se reseña en el difundido libro "Nunca más". Desde entonces, nadie pudo en la Argentina no darse por enterado.
Muy pocos políticos se atrevieron, cuando la invasión a las Malvinas, a no ser parte del coro. Él se opuso terminante y públicamente, hablando en contra no de esa guerra sino de cualquier guerra.
Posición que también demostró luego, cuando dio los pasos necesarios para evitar un conflicto armado y empezar a diluir definitivamente los crónicos problemas limítrofes con los hermanos chilenos, basándose para eso en un plebiscito apoyado por la inmensa mayoría del pueblo.
Y, como si todo eso fuera poco, se fue del gobierno sin un centavo más que como había llegado, sin tener que soportar jamás una denuncia ni una sola sombra sobre su honestidad.
Tuvo sus desaciertos, como todos, pero la esencia de lo suyo terminó por recibir el reconocimiento unánime que se merecía. Y lo acompañan en el viaje que emprendió ahora el dolor y la admiración de todos los argentinos.